En Sabana Perdida, Santo Domingo Norte, la parroquia Nuestra Señora de América Latina se levanta como una afirmación teológica y pastoral de alto calibre. Su nombre no responde a una moda devocional ni a un recurso poético, sino a una opción eclesial consciente, nacida del discernimiento comunitario, respaldada por la autoridad de la Iglesia y profundamente enraizada en la espiritualidad latinoamericana.
Esta advocación expresa una manera concreta de comprender a María: Madre de los pueblos, compañera de camino y signo de esperanza activa en una región marcada por la diversidad, la desigualdad y, al mismo tiempo, por una fe viva y resistente.
El título Nuestra Señora de América Latina se inscribe dentro de la tradición católica de las advocaciones marianas, entendidas como formas históricas y culturales mediante las cuales la Iglesia reconoce la presencia maternal de María en contextos específicos.
En este caso, la referencia no es local ni nacional, sino continental. América Latina aparece como sujeto teológico: un conjunto de pueblos unidos por una historia compartida de colonización, mestizaje, pobreza estructural, migraciones forzadas y una profunda religiosidad popular. Nombrar a María como “Señora de América Latina” significa reconocerla como Madre que camina con el continente entero, no como figura distante, sino cercana a sus procesos históricos y sociales.
Desde el punto de vista eclesiológico, esta advocación expresa una comprensión clara de la Iglesia como Pueblo de Dios encarnado en la historia, tal como fue desarrollada por el Concilio Vaticano II y profundizada por el magisterio latinoamericano (Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida).
Lejos de ser una iniciativa informal, existe un decreto eclesiástico que legitima oficialmente el nombre “Nuestra Señora de América Latina”, otorgándole reconocimiento canónico y asegurando su plena coherencia doctrinal y pastoral dentro de la Iglesia, mediante el Decreto 160 del 13 de febrero de 1985.
Este respaldo institucional confirma que la advocación no es una construcción paralela, sino una expresión válida de la fe de la Iglesia, asumida y acompañada por su autoridad legítima.
La espiritualidad de Nuestra Señora de América Latina no es intimista ni evasiva. Es una espiritualidad encarnada, comunitaria y solidaria. María es contemplada como mujer del pueblo, madre que protege sin excluir, figura que sostiene la esperanza en medio de la precariedad y referente de fe activa y comprometida.
Esta espiritualidad conecta directamente con la experiencia latinoamericana: una fe que no se vive solo en el templo, sino en la calle, en la lucha diaria, en la defensa de la dignidad humana y en la solidaridad concreta entre los pueblos.
El trasfondo espiritual de esta advocación encuentra un eco profundo en el poema de Monseñor Eduardo Pironio, donde América Latina es presentada como un continente joven, herido y esperanzado, acompañado por la ternura maternal de María (en otra entrada, les compartiré tan maravilloso poema).
En su visión, María no aparece como reina
distante, sino como Madre que camina con su pueblo, que carga sus
dolores y alienta sus procesos históricos. Este poema ofrece una clave
hermenéutica fundamental: María está donde están los pueblos que luchan,
esperan y creen.
La advocación Nuestra Señora de América Latina recoge ese espíritu profético y lo traduce en identidad parroquial y acción pastoral concreta.
El nombre de la parroquia encierra una dimensión ética y social clara: la solidaridad latinoamericana. No se trata solo de una devoción mariana, sino de una declaración de principios.
Invocar a María como Señora de América Latina implica:
- Reconocer
la interdependencia entre los pueblos del continente.
- Rechazar
visiones excluyentes o nacionalistas de la fe.
- Asumir
la opción por los pobres como parte constitutiva de la espiritualidad
cristiana.
- Promover una Iglesia que acompaña procesos de justicia, dignidad y fraternidad.
Desde una lectura de psicología organizacional comunitaria, el nombre funciona como eje identitario, alineando valores, misión y prácticas pastorales en una misma dirección.
La espiritualidad y la identidad de esta
advocación encuentran una expresión visual poderosa en el cuadro pintado por Víctor
Nolasco, una obra construida no desde la imposición artística individual,
sino desde el discernimiento comunitario.
En la pintura, María aparece caminando junto al pueblo, rodeada de hombres, mujeres, niños y ancianos de diversas culturas, etnias y condiciones sociales. Las banderas latinoamericanas ondean como signo de unidad en la diversidad. La Virgen no está separada del pueblo: avanza con él.
Cada elemento del cuadro fue decidido por la comunidad cristiana, lo que convierte la obra en una auténtica catequesis visual:
- María
como Madre en movimiento.
- El
pueblo como protagonista de su propia historia.
- América Latina como espacio teológico donde Dios sigue actuando.
Esta imagen no adorna la parroquia; la interpreta y la explica.
Nuestra Señora de América Latina no es solo un nombre ni una imagen: es una síntesis viva de fe, historia y compromiso. Su advocación, legitimada por decreto eclesiástico, inspirada por la espiritualidad latinoamericana y expresada artísticamente en la obra de Víctor Nolasco, encarna una Iglesia que no huye de la realidad, sino que la asume con esperanza.
María, Madre de América Latina, aparece aquí
como signo de unidad, solidaridad y misión, recordando que la fe
cristiana, cuando es auténtica, siempre camina con su pueblo y nunca al margen
de su historia.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario