Si los de abajo nos movemos, los de arriba se caen. ¡Soy zurda, de corazón!

Si los de abajo nos movemos, los de arriba se caen. ¡Soy zurda, de corazón!
Erenia (Leni) Mesa Linares

martes, 4 de agosto de 2026

Versainograma a Santo Domingo

 Pablo Neruda (1904–1973), Premio Nobel de Literatura, comenzó escribiendo una poesía íntima centrada en el amor, la naturaleza y los paisajes de Chile, con obras como Crepusculario (1923) y Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924).

La Guerra Civil Española transformó profundamente su visión del mundo y su obra. Desde entonces, su poesía adquirió un fuerte compromiso social y político en defensa de los pueblos y de la causa republicana, reflejado en libros como España en el corazón (1937) y Canto General (1950).

En 1966, indignado por la intervención militar de Estados Unidos en la República Dominicana de 1965, Neruda publicó Versainograma a Santo Domingo, un enérgico poema de protesta que denunció la ocupación y expresó su solidaridad con el pueblo dominicano y su lucha por la democracia.  Esta es una “versainas de protesta por el desembarco de marines en Santo Domingo, publicadas en hojas sueltas en Valparaíso y en Santiago de Chile, 1966 y hoy, quiero hacerle honor compartiéndolo en mi espacio seguro:

«VERSAINOGRAMA A SANTO DOMINGO»

“ Perdonen si les digo unas locuras,
en esta dulce tarde de febrero,
y si se va mi corazón cantando,
hacia Santo Domingo, compañeros.

Vamos a recordar lo que ha pasado allí,
desde que don Cristóbal, el marinero,
puso los pies y descubrió la isla,
¡ay mejor no la hubiera descubierto!
porque ha sufrido tanto desde entonces,
que parece que el diablo y no Jesús,
se entendió con Colón en ese aspecto.

Esos conquistadores españoles,
que llegaron desde España, por supuesto,
buscaban oro y lo buscaron tanto,
como si les sirviese de alimento.

Enarbolando a Cristo con su cruz,
los garrotazos fueron argumentos,  
tan poderosos que los indios vivos,
se convirtieron en cristianos muertos.

Aunque hace siglos de esta historia amarga,
por amarga y por vieja se la cuento,
porque las cosas no se aclaran nunca,
con el olvido ni con el silencio.

Y hay tanta inquietud sin comentario,
en la América hirsuta que me dieron,
que si hasta los poetas nos callamos,  
no hablan los otros porque tienen miedo.

Ya se sabe en un día declaramos,
la independencia azul de nuestros pueblos,  
una por una, América Latina,
se desgranó como un racimo negro,  
de nacionalidades diminutas,  
con mucha facha y con poco dinero.
Andamos con orgullo y sin zapatos,
y nos creemos todos caballeros.

Cuando tuvimos pantalones largos,
nos escogimos pésimos gobiernos,
rivalizamos mucho en este asunto,
Santo Domingo se sacó los premios.

En esta variedad un tanto triste,
tuvieron a Trujillo sempiterno,
que gracias a un balazo se enfermó,
después de cuarenta años de gobierno.

Podríamos decir de este Trujillo,
a juzgar por las cosas que sabemos,
que fue el hombre más malo de este mundo,  
si no existiese Johnson, por supuesto,
se sabrá quién ha sido más malvado,
cuando los dos estén en el infierno.

Cuando murió Trujillo respiró,
aquella pobre patria de tormentos,
y en un escalofrío de esperanzas,
subió la luna sobre el sufrimiento.

Corre por los caminos la noticia:
Santo Domingo sale del infierno,
por fin elige un presidente puro:
es Juan Bosch que regresa del destierro,
pero no les conviene un hombre honrado,  
ni a los gorilas ni a los usureros.
Decretaron un golpe en Nueva York,  
le echan abajo con cualquier pretexto,
lo destierran con su constitución,  
instalan a cualquier sepulturero,  
en el tronco del mando y del castigo,
y los verdugos vuelven a sus puestos.

"La democracia representativa,
ha sido restaurada en este pueblo"
dijo El Mercurio en su "editorial"
escrito, en la Embajada que sabemos.

Pero esta vez las cosas no marcharon,
de un modo interesado aunque severo,  
a norteamericanos y gorilas,  
les salieron los tornillos en el queso,
y con voz de fusibles en la calle,
salió a cantar el corazón del pueblo.

Santo Domingo con su pueblo armado,
borró la imposición de los violentos:
tomó ciudades, campos y en el puente,
con el pecho desnudo y descubierto,  
aplastó tanques, desafió cañones.

Y corría impetuoso como el viento,
hacia la libertad y la victoria,
cuando el tejano Johnson, el funesto,
con la sangre de muchos en las manos,  
hizo desembarcar los marineros.

Cuarenta y cinco mil hijos de perra,
bajaron con sus armas y sus cuentos,
con ametralladoras y napalm,
con objetivos claros y concretos:
"Poner en libertad a los ladrones,  
y a los demás hay que meterlos presos".

Y allí están disparando cada día,  
contra dominicanos indefensos.
Como en Vietnam el asesino es fuerte,
pero a la larga vencerán los pueblos.

La moraleja de este cuento amargo,
se las voy a decir en un momento,
¡no se lo vayan a contar a nadie:
soy pacifista por fuera y por dentro!:

Ahí va:

Me gusta en Nueva York el yanqui vivo,  
y sus lindas muchachas, por supuesto,  
pero en Santo Domingo y en Vietnam,  
prefiero norteamericanos muertos”.


lunes, 9 de febrero de 2026

Nuestra Señora de América Latina: Advocación mariana, espiritualidad continental y signo de solidaridad encarnada

En Sabana Perdida, Santo Domingo Norte, la parroquia Nuestra Señora de América Latina se levanta como una afirmación teológica y pastoral de alto calibre. Su nombre no responde a una moda devocional ni a un recurso poético, sino a una opción eclesial consciente, nacida del discernimiento comunitario, respaldada por la autoridad de la Iglesia y profundamente enraizada en la espiritualidad latinoamericana.

Esta advocación expresa una manera concreta de comprender a María: Madre de los pueblos, compañera de camino y signo de esperanza activa en una región marcada por la diversidad, la desigualdad y, al mismo tiempo, por una fe viva y resistente. 

El título Nuestra Señora de América Latina se inscribe dentro de la tradición católica de las advocaciones marianas, entendidas como formas históricas y culturales mediante las cuales la Iglesia reconoce la presencia maternal de María en contextos específicos. 

En este caso, la referencia no es local ni nacional, sino continental. América Latina aparece como sujeto teológico: un conjunto de pueblos unidos por una historia compartida de colonización, mestizaje, pobreza estructural, migraciones forzadas y una profunda religiosidad popular. Nombrar a María como “Señora de América Latina” significa reconocerla como Madre que camina con el continente entero, no como figura distante, sino cercana a sus procesos históricos y sociales. 

Desde el punto de vista eclesiológico, esta advocación expresa una comprensión clara de la Iglesia como Pueblo de Dios encarnado en la historia, tal como fue desarrollada por el Concilio Vaticano II y profundizada por el magisterio latinoamericano (Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida). 

Lejos de ser una iniciativa informal, existe un decreto eclesiástico que legitima oficialmente el nombre “Nuestra Señora de América Latina”, otorgándole reconocimiento canónico y asegurando su plena coherencia doctrinal y pastoral dentro de la Iglesia, mediante el Decreto 160 del 13 de febrero de 1985.

Este respaldo institucional confirma que la advocación no es una construcción paralela, sino una expresión válida de la fe de la Iglesia, asumida y acompañada por su autoridad legítima. 

La espiritualidad de Nuestra Señora de América Latina no es intimista ni evasiva. Es una espiritualidad encarnada, comunitaria y solidaria. María es contemplada como mujer del pueblo, madre que protege sin excluir, figura que sostiene la esperanza en medio de la precariedad y referente de fe activa y comprometida. 

Esta espiritualidad conecta directamente con la experiencia latinoamericana: una fe que no se vive solo en el templo, sino en la calle, en la lucha diaria, en la defensa de la dignidad humana y en la solidaridad concreta entre los pueblos. 

El trasfondo espiritual de esta advocación encuentra un eco profundo en el poema de Monseñor Eduardo Pironio, donde América Latina es presentada como un continente joven, herido y esperanzado, acompañado por la ternura maternal de María (en otra entrada, les compartiré tan maravilloso poema).

En su visión, María no aparece como reina distante, sino como Madre que camina con su pueblo, que carga sus dolores y alienta sus procesos históricos. Este poema ofrece una clave hermenéutica fundamental: María está donde están los pueblos que luchan, esperan y creen.

La advocación Nuestra Señora de América Latina recoge ese espíritu profético y lo traduce en identidad parroquial y acción pastoral concreta. 

El nombre de la parroquia encierra una dimensión ética y social clara: la solidaridad latinoamericana. No se trata solo de una devoción mariana, sino de una declaración de principios. 

Invocar a María como Señora de América Latina implica: 

  • Reconocer la interdependencia entre los pueblos del continente.
  • Rechazar visiones excluyentes o nacionalistas de la fe.
  • Asumir la opción por los pobres como parte constitutiva de la espiritualidad cristiana.
  • Promover una Iglesia que acompaña procesos de justicia, dignidad y fraternidad. 

Desde una lectura de psicología organizacional comunitaria, el nombre funciona como eje identitario, alineando valores, misión y prácticas pastorales en una misma dirección. 

La espiritualidad y la identidad de esta advocación encuentran una expresión visual poderosa en el cuadro pintado por Víctor Nolasco, una obra construida no desde la imposición artística individual, sino desde el discernimiento comunitario.

 

En la pintura, María aparece caminando junto al pueblo, rodeada de hombres, mujeres, niños y ancianos de diversas culturas, etnias y condiciones sociales. Las banderas latinoamericanas ondean como signo de unidad en la diversidad. La Virgen no está separada del pueblo: avanza con él. 

Cada elemento del cuadro fue decidido por la comunidad cristiana, lo que convierte la obra en una auténtica catequesis visual: 

  • María como Madre en movimiento.
  • El pueblo como protagonista de su propia historia.
  • América Latina como espacio teológico donde Dios sigue actuando. 

Esta imagen no adorna la parroquia; la interpreta y la explica. 

Nuestra Señora de América Latina no es solo un nombre ni una imagen: es una síntesis viva de fe, historia y compromiso. Su advocación, legitimada por decreto eclesiástico, inspirada por la espiritualidad latinoamericana y expresada artísticamente en la obra de Víctor Nolasco, encarna una Iglesia que no huye de la realidad, sino que la asume con esperanza. 

María, Madre de América Latina, aparece aquí como signo de unidad, solidaridad y misión, recordando que la fe cristiana, cuando es auténtica, siempre camina con su pueblo y nunca al margen de su historia.



 

 

sábado, 10 de enero de 2026

Apuntes de Vida: CoopAdelante

 Recuerdo ese día como si fuera ayer…  estábamos en la asamblea anual de CoopAdelante. Ese tipo de reuniones donde todo parece serio y formal, pero en realidad, la energía es intensa y contagiosa. Yo estaba de secretaria de la Comisión de Comunicaciones, con mi libreta llena de notas y garabatos que solo yo podía descifrar. La energía era intensa: había temas duros que resolver, decisiones importantes que tomar, y esa mezcla de responsabilidad y emoción que te hace sentir que estás construyendo algo real.

De repente, en medio del receso… alguien sacó un pastel improvisado de cumpleaños para uno de los miembros más veteranos. No estaba en la agenda, no tenía respaldo logístico, ni siquiera había velas… solo ese gesto genuino de cariño colectivo. Nos reímos, cantamos un cumpleaños a nuestro propio ritmo imperfecto, pero lleno de emoción y tomamos fotos que, curiosamente… nunca aparecieron en la crónica oficial.

En ese instante sentí algo muy fuerte: la alegría no siempre viene de los logros grandes o de decisiones importantes… a veces llega en pequeños momentos inesperados, en risas, miradas cómplices y gestos que te recuerdan que estás rodeada de personas que se importan y la alegría genuina por saber que, detrás de cada minuta o informe, hay personas que se quieren y se respetan.

Finalizamos la actividad con la convicción de que la cultura organizacional no se escribe en papel, se siente en pequeños instantes como ese. Y si hoy miro atrás, sonrío: porque cada desafío, cada reunión interminable y cada risa compartida ha sido parte de un camino que vale la pena seguir construyendo con visión y corazón.

Salí de esa reunión con orgullo, nostalgia y felicidad. Orgullo por lo que habíamos construido juntos, nostalgia por el camino recorrido… y alegría por ese instante que, sé, siempre quedará en mi memoria.

Y comprendí algo que sigo aplicando hoy: la verdadera cultura de un equipo se siente, se vive… y si aprendes a reconocer que esos momentos te llevan más lejos de lo que imaginaste.

 

domingo, 4 de enero de 2026

Cuando la gente se une, nace el poder popular

"Cuando la gente se une, nace el poder popular". Esa frase no es un eslogan vacío para mí; es la brújula que guía cada paso que doy en Sabana Perdida. Aquí, en el corazón de Santo Domingo Norte, he aprendido que el verdadero motor del cambio no es una sola persona ni institución, sino la fuerza colectiva y organizada de nuestra gente —vecinos, líderes comunitarios, jóvenes, mujeres, niños y ancianos— que decide levantarse cada día a pesar de las dificultades para construir un futuro mejor.

Sabana Perdida es mucho más que un territorio; es una trama de historias humanas, de esfuerzos diarios y de sueños que se construyen entre veredas, viviendas y pequeñas plazas comunitarias. Con más de 200 mil habitantes distribuidos en cerca de 80 barrios, esta comunidad enfrenta desafíos estructurales que condicionan la vida de sus residentes. El acceso irregular a servicios básicos como agua potable, drenaje sanitario y recolección de basura no es una anécdota: es un obstáculo cotidiano que impacta la salud y la dignidad de las familias. En muchos puntos, las calles se inundan de aguas residuales por fallas en el sistema de alcantarillado, generando riesgos sanitarios constantes para nuestros niños y adultos mayores.

La inseguridad también ha marcado la cotidianidad en nuestra comunidad. Por años, la percepción del miedo ha limitado la libertad de movimiento de nuestros vecinos, imponiendo una suerte de “toque de queda” no oficial en muchas áreas, donde hombres y mujeres ajustan sus rutinas por temor a la violencia o los robos.

Pero no vine aquí a relatar una historia de abandono —sino de acción. Y he sido testigo directo de cómo, en medio de esta complejidad, la organización barrial y comunitaria se convierte en la palanca del cambio real.

Desde mi rol como voluntaria en la organización social, a través del acompañamiento de Ciudad Alternativa, cada día se trata de transformar desafíos en procesos de aprendizaje colectivo. Para nosotros (y nosotras), la acción no es un resultado aislado; es un proceso que se construye paso a paso, hombro con hombro con nuestros vecinos y vecinas.

La labor comienza en el territorio: hacemos caminatas casa por casa para escuchar las voces que muchas veces no llegan a los espacios oficiales. No venimos con recetas prefabricadas; venimos con un método basado en el diálogo, la corresponsabilidad y la confianza. Apoyamos en la organización de asambleas comunitarias para identificar prioridades, desde mejorar la iluminación de las calles hasta coordinar jornadas de limpieza que desafían la acumulación de basura —un problema recurrente en muchos barrios de Sabana Perdida— que afecta la salud y el bienestar colectivo.

La Escuela de Formación Política Mamá Tingó se ha convertido en un espacio fundamental para consolidar estas experiencias en aprendizajes estratégicos. Allí no solo compartimos conocimientos, sino que construimos capacidades colectivas: facilitamos talleres sobre derechos ciudadanos, participación comunitaria y liderazgo comunitario, promoviendo que más personas comprendan que su voz y su acción cuentan. Los procesos formativos que lideramos enfatizan que no basta con gestionar soluciones puntuales, sino entender cómo entrelazar habilidades y relaciones para sostener el impacto a largo plazo.

Una de las experiencias que más me marca es el trabajo con grupos de jóvenes. Muchos de ellos crecieron viendo dificultades, oportunidades truncas y puertas cerradas. Pero cuando se les ofrece un espacio de confianza, acompañamiento formativo y sentido de propósito, emergen soluciones sorprendentes desde dentro de la propia comunidad. Jóvenes que antes solo veían riesgos, hoy lideran brigadas de salud, organizan actividades comunitarias con familias y se convierten en mentores para los más pequeños en la escuela.

No voy a negar que ha sido un camino con tropiezos. Hemos enfrentado la frustración de gestionar soluciones estructurales –como la reparación de las redes sanitarias o respuestas más eficientes del Estado– que muchas veces quedan en promesas o se diluyen en la burocracia. Pero esa frustración también nos ha fortalecido: nos ha enseñado que la sostenibilidad de cualquier acción social no depende de discursos políticos, sino de tejer alianzas constantes entre la comunidad, organizaciones, instituciones públicas y la sociedad civil.

Lo que hemos logrado también tiene rostro humano: Familias que ahora tienen acceso a espacios de formación y empleo, fortaleciendo su proyecto de vida. Vecinas y vecinos que aprenden a organizar grupos de respuesta comunitaria en Redes Comunitarias de Prevención, Mitigación y Respuestas, especialmente lidereadas por mujeres cuya iniciativa las transforma al mismo tiempo que transforma su entorno. Niños y niñas que encuentran en nuestros espacios educativos valores de confianza, autoestima y participación, alejándolos de los riesgos asociados a entornos de vulnerabilidad.

Lo más inspirador es que no concebimos estos logros como hechos aislados, sino como episodios de un proceso colectivo de transformación. Cada encuentro, cada taller, cada jornada de limpieza o diálogo comunitario fortalece nuestra convicción de que el poder popular nace en la unión y en la acción concreta.

Mirando hacia el futuro, visualizo una Sabana Perdida donde la ciudadanía organizada pueda incidir con mayor fuerza en las políticas públicas que realmente transformen las condiciones de vida de todos y todas. No se trata de pedir soluciones “desde arriba”, sino de ampliar nuestra capacidad de interlocución con el Estado y otros actores, construyendo agendas que respondan a las necesidades genuinas de la comunidad.

Este trabajo voluntario que realizo no es una labor secundaria en mi vida; es una forma de anclar mis valores, mi fe como creyente en un Jesús resucitado, en acciones concretas, de acompañar procesos en los que la gente no espera que otros resuelvan por ellos y ellas, sino que decide asumir su propio protagonismo. Ese compromiso colectivo es la semilla más poderosa contra el abandono, la desigualdad y la desesperanza.

Porque si algo he aprendido caminando Sabana Perdida y sus barrios es esto: cuando la gente se une, nace el poder popular —y ese poder es la fuerza que nos llevará a construir un futuro más justo, inclusivo y humano para todas y todos.

¿Y sabes qué es lo más emocionante? Este solo es el comienzo. Nuestro sueño colectivo está en marcha, y cada día damos un paso más hacia una comunidad consciente de su derecho a más oportunidades, más justicia social y más dignidad para todos y todas.

domingo, 3 de agosto de 2025

Por qué el nuevo Código Penal no es el avance que nos prometen

 

En los callejones polvorientos de mi barrio, donde la vida se negocia entre la esperanza y la escasez, ya sabemos lo que es que las leyes se escriban desde arriba y sin nosotras. El recién promulgado Código Penal dominicano —ese que dicen “moderno” y “transformador”— no es la excepción. Por eso, desde los diversos colectivos, organizaciones progresistas, movimientos sociales y ciudadanos y ciudadanas preocupados por esta nación, estamos exigiendo que el presidente lo objete.

1. Tres causales: la deuda histórica que siguen negando

En un país donde una niña de 12 años puede ser obligada a parir el fruto de una violación, la negativa a incluir las tres causales es un acto de violencia de Estado. El nuevo código mantiene una prohibición total del aborto, poniendo la vida y dignidad de las mujeres y niñas en manos de dogmas y no de derechos. Esto no es neutralidad: es crueldad legalizada.

2. Criminaliza la protesta social

En los barrios sabemos que cuando la olla está vacía y el agua no llega, a veces no queda más que salir a la calle. Este Código Penal endurece penas por “obstrucción de la vía pública” y “alteración del orden”, categorías vagas que pueden usarse para criminalizar manifestaciones pacíficas. ¿A quién beneficia? A quienes quieren silencio, no justicia.

3. Lenguaje que borra identidades

No hay ni una sola mención clara que proteja a personas LGBTQ+ de crímenes de odio. El texto habla de “no discriminación”, pero sin nombrar realidades concretas, quedamos desprotegidas frente a violencias específicas. Lo que no se nombra, no existe en la práctica.

4. Impunidad maquillada

Aunque se habla de mano dura contra la corrupción, el diablo está en los detalles. Los plazos de prescripción, aunque más largos, siguen permitiendo que funcionarios se salven por tecnicismos. En barrios donde la corrupción nos roba hospitales, escuelas y luz, sabemos que “lucha contra la corrupción” sin castigos efectivos es pura propaganda.

5. Penas mínimas demasiado altas

Aumentar las penas mínimas para ciertos delitos puede sonar bien, pero en un sistema judicial desigual significa que personas pobres —muchas veces inocentes o culpables de delitos menores— podrían recibir castigos desproporcionados. La cárcel en este país es selectiva: entra la pobreza, sale más empobrecida.

No nos oponemos a modernizar la justicia; lo que rechazamos es que se haga ignorando nuestras luchas históricas, sin participación real, y con artículos que refuerzan un sistema desigual.


En mi barrio, la justicia no se mide por cuántos años más se pueda condenar a alguien, sino por cuánta vida digna podemos garantizar. Este código, tal como está, no lo hace.

Por eso pedimos la objeción. Porque el progreso no se decreta: se construye con la gente y para la gente.



sábado, 14 de junio de 2025

Los que se alejan de Quisqueya: una reflexión desde Omelas

En "Los que se alejan de Omelas", Ursula K. Le Guin nos lanza una parábola brutal: una ciudad utópica florece sobre el sufrimiento perpetuo de un solo niño encerrado en la oscuridad. Todos lo saben. Muchos lo aceptan. Pero unos pocos… se van.

Ahora bien, ¿y si Omelas no fuera una fantasía, sino un espejo?

La República Dominicana del presente, con sus resorts relucientes y torres nuevas en la capital, muestra una postal de desarrollo que a menudo oculta los sótanos de la pobreza, la inequidad estructural y la exclusión histórica. Mientras una parte del país celebra estadísticas de crecimiento económico, otra sigue atrapada en el cuarto oscuro: comunidades rurales sin acceso a servicios básicos, barrios marginados que reciben las migajas del presupuesto, mujeres y jóvenes invisibles para la política pública, migrantes empujados a los márgenes.

El pacto tácito que sostiene esta aparente estabilidad no es muy distinto al de Omelas. Nos preguntamos: ¿es moral un bienestar que descansa sobre la desigualdad? ¿Qué hacemos con el “niño y niña” dominicanos —o mejor dicho, con las y los miles— que viven atrapados en la trampa de la pobreza, no por mala suerte, sino por diseño?

En nuestra realidad, “los que se alejan” no necesariamente se van del país. Son quienes rompen el pacto: activistas que denuncian la injusticia, educadores y educadoras que enseñan a pensar, funcionarios y funcionarias que no se dejan comprar, ciudadanos y ciudadanas que eligen ver y actuar. No abandonan la ciudad, pero sí su complicidad.

El relato de Le Guin no da respuestas. Solo una incomodidad persistente. Como debería hacernos sentir también nuestra propia Omelas criolla.

Porque, si todo sigue igual… ¿quién se atreverá a romper la fiesta? 

¿Y tú, te quedarías?



jueves, 8 de mayo de 2025

El Papa León XIV y las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs)

"Una esperanza expectante desde abajo"

Dedicado a las comunidades que resisten, que sueñan, y que siguen creyendo que otro mundo —y otra Iglesia— son posibles desde abajo, con amor y con fe paciente.

La elección del Papa León XIV, antes conocido como Robert Francis Prevost, despierta una resonancia particular en quienes llevamos décadas sembrando Iglesia desde abajo, con los pies descalzos sobre la tierra y el corazón ardiendo en el Evangelio de Jesús. Este nuevo pontífice, con alma agustiniana y cuerpo latinoamericano, parece conocer el susurro de los pueblos, la fuerza del silencio compartido y el lenguaje profundo de las comunidades organizadas.

No parece ser un Papa de mármol ni de balcones. Es uno de esos que han caminado entre nosotros y nosotras, que podrían saber que la fe no se impone, se encarna. Su larga permanencia en Perú —cuatro décadas de historia compartida con los pobres, con los pueblos originarios, con las heridas y las luchas— lo convierte en una figura que, tal vez, logre comprender la fe como acción transformadora.

¿Es posible que las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs), esas células vivas del Reino en los márgenes, vuelvan a respirar con una esperanza cauta? No lo sé ¿Por qué? Porque León XIV podría no venir a domesticar el Evangelio, sino a liberarlo. Porque quizá, solo quizás, conoce lo que significa reunirse en un patio con Biblia, vela y cafecito, para descubrir que Dios no sólo está en el templo, sino en el grito de la madre soltera, en la siembra del campesino, en el canto de los jóvenes que no se rinden.

Francisco abrió la puerta. León XIV podría ayudarnos a consolidar la caminata. No necesariamente con discursos huecos ni con gestos vacíos, sino —si así lo desea y se deja mover— con un estilo pastoral que reconozca el protagonismo del pueblo creyente, la urgencia de una Iglesia que escuche, que acompañe, que se deje también convertir por los pobres.

No se trata de que creamos que se trata de un nuevo mesías, ni de un salvador caído del cielo. Se trata, quizás, de un hermano que ha sabido callar para escuchar. Que no necesita títulos para ser pastor. Que podría —si se permite y se le impulsa— renovar los cauces por donde las CEBs sigan corriendo como agua viva.

Tal vez su mayor legado no será una encíclica ni un sínodo, sino el impulso invisible a una Iglesia sinodal de verdad: donde todos hablemos, donde todas seamos escuchados y escuchadas. Donde el Evangelio no se predique desde arriba, sino que se cueza a fuego lento entre abrazos, ollas comunes y asambleas populares.

Hoy más que nunca, las CEBs no sólo tienen sentido: tienen futuro. Y si León XIV logra leer los signos de los tiempos, sabrá que en ellas late la posibilidad de una Iglesia distinta: menos clerical, más comunitaria; menos dogmática, más samaritana.

Porque si el Espíritu sigue soplando —y confiamos en que lo hace y lo seguirá haciendo— no lo encontraremos únicamente en los mármoles de Roma, sino en el rostro quemado por el sol de las mujeres que celebran la vida entre los escombros. Ahí donde nació la Iglesia. Ahí donde nunca ha dejado de ser verdadera.

Y tal vez, sólo tal vez, León XIV lo comprenda y camine con nosotras y nosotros.
Con la fuerza del Evangelio y la ternura de los pueblos.

En Cada Palabra, Un Poco De Mí