Si los de abajo nos movemos, los de arriba se caen. ¡Soy zurda, de corazón!

Si los de abajo nos movemos, los de arriba se caen. ¡Soy zurda, de corazón!
Erenia (Leni) Mesa Linares

domingo, 4 de enero de 2026

Cuando la gente se une, nace el poder popular

"Cuando la gente se une, nace el poder popular". Esa frase no es un eslogan vacío para mí; es la brújula que guía cada paso que doy en Sabana Perdida. Aquí, en el corazón de Santo Domingo Norte, he aprendido que el verdadero motor del cambio no es una sola persona ni institución, sino la fuerza colectiva y organizada de nuestra gente —vecinos, líderes comunitarios, jóvenes, mujeres, niños y ancianos— que decide levantarse cada día a pesar de las dificultades para construir un futuro mejor.

Sabana Perdida es mucho más que un territorio; es una trama de historias humanas, de esfuerzos diarios y de sueños que se construyen entre veredas, viviendas y pequeñas plazas comunitarias. Con más de 200 mil habitantes distribuidos en cerca de 80 barrios, esta comunidad enfrenta desafíos estructurales que condicionan la vida de sus residentes. El acceso irregular a servicios básicos como agua potable, drenaje sanitario y recolección de basura no es una anécdota: es un obstáculo cotidiano que impacta la salud y la dignidad de las familias. En muchos puntos, las calles se inundan de aguas residuales por fallas en el sistema de alcantarillado, generando riesgos sanitarios constantes para nuestros niños y adultos mayores.

La inseguridad también ha marcado la cotidianidad en nuestra comunidad. Por años, la percepción del miedo ha limitado la libertad de movimiento de nuestros vecinos, imponiendo una suerte de “toque de queda” no oficial en muchas áreas, donde hombres y mujeres ajustan sus rutinas por temor a la violencia o los robos.

Pero no vine aquí a relatar una historia de abandono —sino de acción. Y he sido testigo directo de cómo, en medio de esta complejidad, la organización barrial y comunitaria se convierte en la palanca del cambio real.

Desde mi rol como voluntaria en la organización social, a través del acompañamiento de Ciudad Alternativa, cada día se trata de transformar desafíos en procesos de aprendizaje colectivo. Para nosotros (y nosotras), la acción no es un resultado aislado; es un proceso que se construye paso a paso, hombro con hombro con nuestros vecinos y vecinas.

La labor comienza en el territorio: hacemos caminatas casa por casa para escuchar las voces que muchas veces no llegan a los espacios oficiales. No venimos con recetas prefabricadas; venimos con un método basado en el diálogo, la corresponsabilidad y la confianza. Apoyamos en la organización de asambleas comunitarias para identificar prioridades, desde mejorar la iluminación de las calles hasta coordinar jornadas de limpieza que desafían la acumulación de basura —un problema recurrente en muchos barrios de Sabana Perdida— que afecta la salud y el bienestar colectivo.

La Escuela de Formación Política Mamá Tingó se ha convertido en un espacio fundamental para consolidar estas experiencias en aprendizajes estratégicos. Allí no solo compartimos conocimientos, sino que construimos capacidades colectivas: facilitamos talleres sobre derechos ciudadanos, participación comunitaria y liderazgo comunitario, promoviendo que más personas comprendan que su voz y su acción cuentan. Los procesos formativos que lideramos enfatizan que no basta con gestionar soluciones puntuales, sino entender cómo entrelazar habilidades y relaciones para sostener el impacto a largo plazo.

Una de las experiencias que más me marca es el trabajo con grupos de jóvenes. Muchos de ellos crecieron viendo dificultades, oportunidades truncas y puertas cerradas. Pero cuando se les ofrece un espacio de confianza, acompañamiento formativo y sentido de propósito, emergen soluciones sorprendentes desde dentro de la propia comunidad. Jóvenes que antes solo veían riesgos, hoy lideran brigadas de salud, organizan actividades comunitarias con familias y se convierten en mentores para los más pequeños en la escuela.

No voy a negar que ha sido un camino con tropiezos. Hemos enfrentado la frustración de gestionar soluciones estructurales –como la reparación de las redes sanitarias o respuestas más eficientes del Estado– que muchas veces quedan en promesas o se diluyen en la burocracia. Pero esa frustración también nos ha fortalecido: nos ha enseñado que la sostenibilidad de cualquier acción social no depende de discursos políticos, sino de tejer alianzas constantes entre la comunidad, organizaciones, instituciones públicas y la sociedad civil.

Lo que hemos logrado también tiene rostro humano: Familias que ahora tienen acceso a espacios de formación y empleo, fortaleciendo su proyecto de vida. Vecinas y vecinos que aprenden a organizar grupos de respuesta comunitaria en Redes Comunitarias de Prevención, Mitigación y Respuestas, especialmente lidereadas por mujeres cuya iniciativa las transforma al mismo tiempo que transforma su entorno. Niños y niñas que encuentran en nuestros espacios educativos valores de confianza, autoestima y participación, alejándolos de los riesgos asociados a entornos de vulnerabilidad.

Lo más inspirador es que no concebimos estos logros como hechos aislados, sino como episodios de un proceso colectivo de transformación. Cada encuentro, cada taller, cada jornada de limpieza o diálogo comunitario fortalece nuestra convicción de que el poder popular nace en la unión y en la acción concreta.

Mirando hacia el futuro, visualizo una Sabana Perdida donde la ciudadanía organizada pueda incidir con mayor fuerza en las políticas públicas que realmente transformen las condiciones de vida de todos y todas. No se trata de pedir soluciones “desde arriba”, sino de ampliar nuestra capacidad de interlocución con el Estado y otros actores, construyendo agendas que respondan a las necesidades genuinas de la comunidad.

Este trabajo voluntario que realizo no es una labor secundaria en mi vida; es una forma de anclar mis valores, mi fe como creyente en un Jesús resucitado, en acciones concretas, de acompañar procesos en los que la gente no espera que otros resuelvan por ellos y ellas, sino que decide asumir su propio protagonismo. Ese compromiso colectivo es la semilla más poderosa contra el abandono, la desigualdad y la desesperanza.

Porque si algo he aprendido caminando Sabana Perdida y sus barrios es esto: cuando la gente se une, nace el poder popular —y ese poder es la fuerza que nos llevará a construir un futuro más justo, inclusivo y humano para todas y todos.

¿Y sabes qué es lo más emocionante? Este solo es el comienzo. Nuestro sueño colectivo está en marcha, y cada día damos un paso más hacia una comunidad consciente de su derecho a más oportunidades, más justicia social y más dignidad para todos y todas.

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