Si los de abajo nos movemos, los de arriba se caen. ¡Soy zurda, de corazón!

Si los de abajo nos movemos, los de arriba se caen. ¡Soy zurda, de corazón!
Erenia (Leni) Mesa Linares

sábado, 10 de enero de 2026

Apuntes de Vida: CoopAdelante

 Recuerdo ese día como si fuera ayer…  estábamos en la asamblea anual de CoopAdelante. Ese tipo de reuniones donde todo parece serio y formal, pero en realidad, la energía es intensa y contagiosa. Yo estaba de secretaria de la Comisión de Comunicaciones, con mi libreta llena de notas y garabatos que solo yo podía descifrar. La energía era intensa: había temas duros que resolver, decisiones importantes que tomar, y esa mezcla de responsabilidad y emoción que te hace sentir que estás construyendo algo real.

De repente, en medio del receso… alguien sacó un pastel improvisado de cumpleaños para uno de los miembros más veteranos. No estaba en la agenda, no tenía respaldo logístico, ni siquiera había velas… solo ese gesto genuino de cariño colectivo. Nos reímos, cantamos un cumpleaños a nuestro propio ritmo imperfecto, pero lleno de emoción y tomamos fotos que, curiosamente… nunca aparecieron en la crónica oficial.

En ese instante sentí algo muy fuerte: la alegría no siempre viene de los logros grandes o de decisiones importantes… a veces llega en pequeños momentos inesperados, en risas, miradas cómplices y gestos que te recuerdan que estás rodeada de personas que se importan y la alegría genuina por saber que, detrás de cada minuta o informe, hay personas que se quieren y se respetan.

Finalizamos la actividad con la convicción de que la cultura organizacional no se escribe en papel, se siente en pequeños instantes como ese. Y si hoy miro atrás, sonrío: porque cada desafío, cada reunión interminable y cada risa compartida ha sido parte de un camino que vale la pena seguir construyendo con visión y corazón.

Salí de esa reunión con orgullo, nostalgia y felicidad. Orgullo por lo que habíamos construido juntos, nostalgia por el camino recorrido… y alegría por ese instante que, sé, siempre quedará en mi memoria.

Y comprendí algo que sigo aplicando hoy: la verdadera cultura de un equipo se siente, se vive… y si aprendes a reconocer que esos momentos te llevan más lejos de lo que imaginaste.

 

domingo, 4 de enero de 2026

Cuando la gente se une, nace el poder popular

"Cuando la gente se une, nace el poder popular". Esa frase no es un eslogan vacío para mí; es la brújula que guía cada paso que doy en Sabana Perdida. Aquí, en el corazón de Santo Domingo Norte, he aprendido que el verdadero motor del cambio no es una sola persona ni institución, sino la fuerza colectiva y organizada de nuestra gente —vecinos, líderes comunitarios, jóvenes, mujeres, niños y ancianos— que decide levantarse cada día a pesar de las dificultades para construir un futuro mejor.

Sabana Perdida es mucho más que un territorio; es una trama de historias humanas, de esfuerzos diarios y de sueños que se construyen entre veredas, viviendas y pequeñas plazas comunitarias. Con más de 200 mil habitantes distribuidos en cerca de 80 barrios, esta comunidad enfrenta desafíos estructurales que condicionan la vida de sus residentes. El acceso irregular a servicios básicos como agua potable, drenaje sanitario y recolección de basura no es una anécdota: es un obstáculo cotidiano que impacta la salud y la dignidad de las familias. En muchos puntos, las calles se inundan de aguas residuales por fallas en el sistema de alcantarillado, generando riesgos sanitarios constantes para nuestros niños y adultos mayores.

La inseguridad también ha marcado la cotidianidad en nuestra comunidad. Por años, la percepción del miedo ha limitado la libertad de movimiento de nuestros vecinos, imponiendo una suerte de “toque de queda” no oficial en muchas áreas, donde hombres y mujeres ajustan sus rutinas por temor a la violencia o los robos.

Pero no vine aquí a relatar una historia de abandono —sino de acción. Y he sido testigo directo de cómo, en medio de esta complejidad, la organización barrial y comunitaria se convierte en la palanca del cambio real.

Desde mi rol como voluntaria en la organización social, a través del acompañamiento de Ciudad Alternativa, cada día se trata de transformar desafíos en procesos de aprendizaje colectivo. Para nosotros (y nosotras), la acción no es un resultado aislado; es un proceso que se construye paso a paso, hombro con hombro con nuestros vecinos y vecinas.

La labor comienza en el territorio: hacemos caminatas casa por casa para escuchar las voces que muchas veces no llegan a los espacios oficiales. No venimos con recetas prefabricadas; venimos con un método basado en el diálogo, la corresponsabilidad y la confianza. Apoyamos en la organización de asambleas comunitarias para identificar prioridades, desde mejorar la iluminación de las calles hasta coordinar jornadas de limpieza que desafían la acumulación de basura —un problema recurrente en muchos barrios de Sabana Perdida— que afecta la salud y el bienestar colectivo.

La Escuela de Formación Política Mamá Tingó se ha convertido en un espacio fundamental para consolidar estas experiencias en aprendizajes estratégicos. Allí no solo compartimos conocimientos, sino que construimos capacidades colectivas: facilitamos talleres sobre derechos ciudadanos, participación comunitaria y liderazgo comunitario, promoviendo que más personas comprendan que su voz y su acción cuentan. Los procesos formativos que lideramos enfatizan que no basta con gestionar soluciones puntuales, sino entender cómo entrelazar habilidades y relaciones para sostener el impacto a largo plazo.

Una de las experiencias que más me marca es el trabajo con grupos de jóvenes. Muchos de ellos crecieron viendo dificultades, oportunidades truncas y puertas cerradas. Pero cuando se les ofrece un espacio de confianza, acompañamiento formativo y sentido de propósito, emergen soluciones sorprendentes desde dentro de la propia comunidad. Jóvenes que antes solo veían riesgos, hoy lideran brigadas de salud, organizan actividades comunitarias con familias y se convierten en mentores para los más pequeños en la escuela.

No voy a negar que ha sido un camino con tropiezos. Hemos enfrentado la frustración de gestionar soluciones estructurales –como la reparación de las redes sanitarias o respuestas más eficientes del Estado– que muchas veces quedan en promesas o se diluyen en la burocracia. Pero esa frustración también nos ha fortalecido: nos ha enseñado que la sostenibilidad de cualquier acción social no depende de discursos políticos, sino de tejer alianzas constantes entre la comunidad, organizaciones, instituciones públicas y la sociedad civil.

Lo que hemos logrado también tiene rostro humano: Familias que ahora tienen acceso a espacios de formación y empleo, fortaleciendo su proyecto de vida. Vecinas y vecinos que aprenden a organizar grupos de respuesta comunitaria en Redes Comunitarias de Prevención, Mitigación y Respuestas, especialmente lidereadas por mujeres cuya iniciativa las transforma al mismo tiempo que transforma su entorno. Niños y niñas que encuentran en nuestros espacios educativos valores de confianza, autoestima y participación, alejándolos de los riesgos asociados a entornos de vulnerabilidad.

Lo más inspirador es que no concebimos estos logros como hechos aislados, sino como episodios de un proceso colectivo de transformación. Cada encuentro, cada taller, cada jornada de limpieza o diálogo comunitario fortalece nuestra convicción de que el poder popular nace en la unión y en la acción concreta.

Mirando hacia el futuro, visualizo una Sabana Perdida donde la ciudadanía organizada pueda incidir con mayor fuerza en las políticas públicas que realmente transformen las condiciones de vida de todos y todas. No se trata de pedir soluciones “desde arriba”, sino de ampliar nuestra capacidad de interlocución con el Estado y otros actores, construyendo agendas que respondan a las necesidades genuinas de la comunidad.

Este trabajo voluntario que realizo no es una labor secundaria en mi vida; es una forma de anclar mis valores, mi fe como creyente en un Jesús resucitado, en acciones concretas, de acompañar procesos en los que la gente no espera que otros resuelvan por ellos y ellas, sino que decide asumir su propio protagonismo. Ese compromiso colectivo es la semilla más poderosa contra el abandono, la desigualdad y la desesperanza.

Porque si algo he aprendido caminando Sabana Perdida y sus barrios es esto: cuando la gente se une, nace el poder popular —y ese poder es la fuerza que nos llevará a construir un futuro más justo, inclusivo y humano para todas y todos.

¿Y sabes qué es lo más emocionante? Este solo es el comienzo. Nuestro sueño colectivo está en marcha, y cada día damos un paso más hacia una comunidad consciente de su derecho a más oportunidades, más justicia social y más dignidad para todos y todas.

domingo, 3 de agosto de 2025

Por qué el nuevo Código Penal no es el avance que nos prometen

 

En los callejones polvorientos de mi barrio, donde la vida se negocia entre la esperanza y la escasez, ya sabemos lo que es que las leyes se escriban desde arriba y sin nosotras. El recién promulgado Código Penal dominicano —ese que dicen “moderno” y “transformador”— no es la excepción. Por eso, desde los diversos colectivos, organizaciones progresistas, movimientos sociales y ciudadanos y ciudadanas preocupados por esta nación, estamos exigiendo que el presidente lo objete.

1. Tres causales: la deuda histórica que siguen negando

En un país donde una niña de 12 años puede ser obligada a parir el fruto de una violación, la negativa a incluir las tres causales es un acto de violencia de Estado. El nuevo código mantiene una prohibición total del aborto, poniendo la vida y dignidad de las mujeres y niñas en manos de dogmas y no de derechos. Esto no es neutralidad: es crueldad legalizada.

2. Criminaliza la protesta social

En los barrios sabemos que cuando la olla está vacía y el agua no llega, a veces no queda más que salir a la calle. Este Código Penal endurece penas por “obstrucción de la vía pública” y “alteración del orden”, categorías vagas que pueden usarse para criminalizar manifestaciones pacíficas. ¿A quién beneficia? A quienes quieren silencio, no justicia.

3. Lenguaje que borra identidades

No hay ni una sola mención clara que proteja a personas LGBTQ+ de crímenes de odio. El texto habla de “no discriminación”, pero sin nombrar realidades concretas, quedamos desprotegidas frente a violencias específicas. Lo que no se nombra, no existe en la práctica.

4. Impunidad maquillada

Aunque se habla de mano dura contra la corrupción, el diablo está en los detalles. Los plazos de prescripción, aunque más largos, siguen permitiendo que funcionarios se salven por tecnicismos. En barrios donde la corrupción nos roba hospitales, escuelas y luz, sabemos que “lucha contra la corrupción” sin castigos efectivos es pura propaganda.

5. Penas mínimas demasiado altas

Aumentar las penas mínimas para ciertos delitos puede sonar bien, pero en un sistema judicial desigual significa que personas pobres —muchas veces inocentes o culpables de delitos menores— podrían recibir castigos desproporcionados. La cárcel en este país es selectiva: entra la pobreza, sale más empobrecida.

No nos oponemos a modernizar la justicia; lo que rechazamos es que se haga ignorando nuestras luchas históricas, sin participación real, y con artículos que refuerzan un sistema desigual.


En mi barrio, la justicia no se mide por cuántos años más se pueda condenar a alguien, sino por cuánta vida digna podemos garantizar. Este código, tal como está, no lo hace.

Por eso pedimos la objeción. Porque el progreso no se decreta: se construye con la gente y para la gente.



sábado, 14 de junio de 2025

Los que se alejan de Quisqueya: una reflexión desde Omelas

En "Los que se alejan de Omelas", Ursula K. Le Guin nos lanza una parábola brutal: una ciudad utópica florece sobre el sufrimiento perpetuo de un solo niño encerrado en la oscuridad. Todos lo saben. Muchos lo aceptan. Pero unos pocos… se van.

Ahora bien, ¿y si Omelas no fuera una fantasía, sino un espejo?

La República Dominicana del presente, con sus resorts relucientes y torres nuevas en la capital, muestra una postal de desarrollo que a menudo oculta los sótanos de la pobreza, la inequidad estructural y la exclusión histórica. Mientras una parte del país celebra estadísticas de crecimiento económico, otra sigue atrapada en el cuarto oscuro: comunidades rurales sin acceso a servicios básicos, barrios marginados que reciben las migajas del presupuesto, mujeres y jóvenes invisibles para la política pública, migrantes empujados a los márgenes.

El pacto tácito que sostiene esta aparente estabilidad no es muy distinto al de Omelas. Nos preguntamos: ¿es moral un bienestar que descansa sobre la desigualdad? ¿Qué hacemos con el “niño y niña” dominicanos —o mejor dicho, con las y los miles— que viven atrapados en la trampa de la pobreza, no por mala suerte, sino por diseño?

En nuestra realidad, “los que se alejan” no necesariamente se van del país. Son quienes rompen el pacto: activistas que denuncian la injusticia, educadores y educadoras que enseñan a pensar, funcionarios y funcionarias que no se dejan comprar, ciudadanos y ciudadanas que eligen ver y actuar. No abandonan la ciudad, pero sí su complicidad.

El relato de Le Guin no da respuestas. Solo una incomodidad persistente. Como debería hacernos sentir también nuestra propia Omelas criolla.

Porque, si todo sigue igual… ¿quién se atreverá a romper la fiesta? 

¿Y tú, te quedarías?



jueves, 8 de mayo de 2025

El Papa León XIV y las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs)

"Una esperanza expectante desde abajo"

Dedicado a las comunidades que resisten, que sueñan, y que siguen creyendo que otro mundo —y otra Iglesia— son posibles desde abajo, con amor y con fe paciente.

La elección del Papa León XIV, antes conocido como Robert Francis Prevost, despierta una resonancia particular en quienes llevamos décadas sembrando Iglesia desde abajo, con los pies descalzos sobre la tierra y el corazón ardiendo en el Evangelio de Jesús. Este nuevo pontífice, con alma agustiniana y cuerpo latinoamericano, parece conocer el susurro de los pueblos, la fuerza del silencio compartido y el lenguaje profundo de las comunidades organizadas.

No parece ser un Papa de mármol ni de balcones. Es uno de esos que han caminado entre nosotros y nosotras, que podrían saber que la fe no se impone, se encarna. Su larga permanencia en Perú —cuatro décadas de historia compartida con los pobres, con los pueblos originarios, con las heridas y las luchas— lo convierte en una figura que, tal vez, logre comprender la fe como acción transformadora.

¿Es posible que las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs), esas células vivas del Reino en los márgenes, vuelvan a respirar con una esperanza cauta? No lo sé ¿Por qué? Porque León XIV podría no venir a domesticar el Evangelio, sino a liberarlo. Porque quizá, solo quizás, conoce lo que significa reunirse en un patio con Biblia, vela y cafecito, para descubrir que Dios no sólo está en el templo, sino en el grito de la madre soltera, en la siembra del campesino, en el canto de los jóvenes que no se rinden.

Francisco abrió la puerta. León XIV podría ayudarnos a consolidar la caminata. No necesariamente con discursos huecos ni con gestos vacíos, sino —si así lo desea y se deja mover— con un estilo pastoral que reconozca el protagonismo del pueblo creyente, la urgencia de una Iglesia que escuche, que acompañe, que se deje también convertir por los pobres.

No se trata de que creamos que se trata de un nuevo mesías, ni de un salvador caído del cielo. Se trata, quizás, de un hermano que ha sabido callar para escuchar. Que no necesita títulos para ser pastor. Que podría —si se permite y se le impulsa— renovar los cauces por donde las CEBs sigan corriendo como agua viva.

Tal vez su mayor legado no será una encíclica ni un sínodo, sino el impulso invisible a una Iglesia sinodal de verdad: donde todos hablemos, donde todas seamos escuchados y escuchadas. Donde el Evangelio no se predique desde arriba, sino que se cueza a fuego lento entre abrazos, ollas comunes y asambleas populares.

Hoy más que nunca, las CEBs no sólo tienen sentido: tienen futuro. Y si León XIV logra leer los signos de los tiempos, sabrá que en ellas late la posibilidad de una Iglesia distinta: menos clerical, más comunitaria; menos dogmática, más samaritana.

Porque si el Espíritu sigue soplando —y confiamos en que lo hace y lo seguirá haciendo— no lo encontraremos únicamente en los mármoles de Roma, sino en el rostro quemado por el sol de las mujeres que celebran la vida entre los escombros. Ahí donde nació la Iglesia. Ahí donde nunca ha dejado de ser verdadera.

Y tal vez, sólo tal vez, León XIV lo comprenda y camine con nosotras y nosotros.
Con la fuerza del Evangelio y la ternura de los pueblos.

lunes, 21 de abril de 2025

Francisco y las CEBs: La semilla del Evangelio germinando desde abajo

Por más lejos que parezca Roma, hay veces en que el Espíritu sopla desde el sur. 

Cuando Jorge Mario Bergoglio fue elegido Papa en 2013, muchos no imaginaron que un hijo del continente latinoamericano reivindicaría con tanta claridad la vocación popular, profética y liberadora de las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs). Lo que parecía una tensión no resuelta durante su etapa como obispo en Argentina, se transformó en su pontificado en un abrazo pastoral a una de las experiencias eclesiales más fecundas de nuestro tiempo.

Un camino compartido, aunque distinto

Las CEBs nacieron en América Latina en las décadas del 60 y 70, en medio de una Iglesia que comenzaba a escuchar con más atención “el clamor de los pobres” y a vivir el mandato del Concilio Vaticano II con carne y hueso. Inspiradas por la Teología de la Liberación, estas comunidades pusieron en marcha una Iglesia que ya no se pensaba desde los altares, sino desde las veredas polvorientas, los barrios marginados y los campos olvidados.

En esos años, Bergoglio se formaba en un contexto eclesial aún cauteloso frente a los excesos ideológicos. Si bien nunca rompió con la opción preferencial por los pobres, fue crítico con algunos sectores de la Teología de la Liberación que abrazaban el marxismo como marco de análisis. Este matiz lo llevó a tener una relación prudente con las CEBs, aunque sin negar su valor pastoral ni su raigambre evangélica.

El Papa que volvió a mirar hacia el sur

Ya como Papa, Francisco cambió el tono y reafirmó el fondo. No solo habló de una “Iglesia pobre y para los pobres”, sino que en múltiples ocasiones elogió el papel de las CEBs en la evangelización, la construcción de ciudadanía y la defensa de la dignidad humana.

En 2014, ante representantes de las CEBs de todo el continente, dijo con firmeza:

"Ustedes son una esperanza para la Iglesia. Las CEBs son una manera concreta de vivir la fe en comunidad, con compromiso con los que más sufren. Son semillas del Reino." Con esta frase, rompió con el prejuicio clerical que las veía como focos de disidencia y las colocó en el corazón mismo de la misión eclesial.

Una teología hecha en sandalias 

Lo que el Papa propone no es un retorno ingenuo a estructuras pasadas, sino una Iglesia sin miedo a mancharse los pies de barro, que camina con las comunidades, que escucha, que discierne en comunidad. Las CEBs, con su espiritualidad participativa, su lectura popular de la Biblia, y su compromiso social, encarnan esa visión.

Francisco reconoce que el Pueblo de Dios no es sólo destinatario, sino sujeto activo de la fe. En eso, se acerca profundamente al espíritu que inspiró las CEBs desde sus orígenes. Por eso, no es exagerado afirmar que este Papa —que predica con gestos y con silencios— ha reactivado la brújula eclesial hacia el sur, hacia las periferias, hacia la comunidad.

Una Iglesia sin techo ni moldes

Hoy más que nunca, las palabras de Francisco resuenan como eco de las comunidades que resisten y celebran, que educan y acompañan desde abajo. Con él, las CEBs han vuelto a respirar dentro de la Iglesia institucional, no como nostalgia del pasado, sino como camino hacia una Iglesia sin techo ni moldes, abierta a la escucha, el diálogo y la vida.

CEBs en Sabana Perdida: con Francisco, el Evangelio se hace barrio 

Desde los callejones donde juega la infancia hasta los altares improvisados en los patios, las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs) en Sabana Perdida han sido semilla, sombra y sostén. En este rincón vivo del Gran Santo Domingo, donde la fe se canta en las esquinas y la solidaridad se cocina en calderos compartidos, las CEBs siguen siendo expresión auténtica de una Iglesia con rostro de pueblo.

El Papa Francisco, ese pastor que llegó desde el sur al centro del Vaticano, ha vuelto a poner las CEBs en el corazón de la Iglesia. Con palabras sencillas pero profundas, nos recuerda que la Iglesia no crece desde arriba, sino desde abajo. Las CEBs son pequeñas comunidades que leen la Biblia con los pies descalzos, oran con las manos llenas de trabajo, y aman con el alma abierta.

En Sabana Perdida, donde el ruido no apaga la esperanza, las CEBs son semillas de Reino sembradas entre colmadones, callejones y patios compartidos.

Pero también es cierto que muchas de nuestras comunidades se han debilitado. La pandemia, la migración, el desencanto y la sobrecarga pastoral han erosionado estructuras que antes parecían inquebrantables. Por eso, esta reflexión no es solo un homenaje: es un llamado a reanimar el fuego.

5 pasos concretos para reavivar las CEBs en Sabana Perdida

  1. Escuchar más, organizar mejor: Promover pequeñas reuniones semanales en casas, no solo para rezar, sino para escuchar realidades y compartir dolores y alegrías. La escucha activa es el primer paso para el compromiso.

  2. Formación popular y constante: Realizar talleres de Biblia con enfoque de vid , cursos cortos de liderazgo comunitario, y temas como medioambiente, migración o derechos humanos. Que la CEB sea escuela de vida y conciencia.

  3. Vincularnos con la realidad social: Identificar familias en mayor vulnerabilidad, personas adultas mayores solas o jóvenes sin oportunidades. Desde ahí, crear redes solidarias, como trueques, comedores comunitarios o brigadas de apoyo.

  4. Aprovechar la tecnología sin perder la calidez: Crear grupos de WhatsApp o redes sociales de la comunidad para compartir reflexiones, convocatorias, alertas o incluso celebraciones virtuales. La fe también se transmite con emojis.

  5. Multiplicar liderazgos, no centralizarlos: Promover liderazgos rotativos, participativos y con perspectiva de género y juventud. Que la comunidad no dependa de “una sola voz” sino que sea un coro de muchas.

Como decía Monseñor Romero: “Una Iglesia que no provoca crisis, que no inquieta, que no denuncia lo que está mal... es una Iglesia enferma”. Y Sabana Perdida tiene salud espiritual de sobra: lo que falta es organización y fuego.

Hoy más que nunca, con Francisco en Roma y las CEBs en nuestros patios, el Reino sigue latiendo en voz baja pero firme. Solo hay que atreverse a seguir caminando juntos, a nuestro modo, sin prisa... pero sin pausa.



jueves, 10 de abril de 2025

No los olvidará la tierra

 En memoria de las más de 200 almas del Jet Set en la madrugada del lunes 7 de abril del 2025.

“El justo perece, y no hay quien piense en ello;
y los piadosos mueren, sin que nadie comprenda
que ante el mal es recogido el justo.”

En una noche de júbilo y tambor,
cayó el silencio, cruel y traicionero.
Bajo las luces, se apagó el ardor,
y el gozo se tornó en duelo sincero.

No hay ricos, no hay pobres, no hay distinción,
la muerte no pregunta por apellidos.
El luto es uno, sin negociación,
y el alma tiembla en todos los sentidos.

Dominicana llora, entera, sin voz,
su corazón partido en mil pedazos.
Sus hijos caídos, presentes con Dios,
ausentes aquí, en nuestros abrazos.

Que no se diga que murieron ya,
pues viven donde el recuerdo florece.
Mientras el pueblo su dolor contará,
la muerte no gana… si el amor permanece.

Oh Jet Set, fuiste altar y fuiste tumba.
La tragedia no tiene playlist,
pero cada lágrima que cae
compone una sinfonía de duelo nacional.

Recordaremos. No por morbo ni noticia.
Recordaremos porque el alma duele,
y porque el olvido… ese sí es la muerte.

Que sus nombres vivan en la memoria colectiva,
como faroles encendidos en la noche del Caribe.
Y que el país, golpeado y dolido,
se levante con sus nombres en los labios.






En Cada Palabra, Un Poco De Mí